Mi mamá me contó algo escalofriante.
Con su tono pausado, me dijo que cuando era chica, en el velorio de una señora, aquella mujer —sí, la del ataúd— se levantó. La gente gritó, algunos salieron corriendo, otros quedaron paralizados del miedo. Mamá recuerda que decían que la mujer caminaba sin tocar el suelo, como si flotara. “Fue porque su propio padre la maldijo”, me dijo con los ojos muy abiertos.
Después me contó otra escena que marcó su infancia: su mamá estaba con su hermano Agapito en una casa, y al entrar ella, su tía se desmayó de puro susto. Su mamá, aterrada, alzó a su hermano en brazos y a ella la arrastró de la mano para huir. “Ese fue mi trauma por muchos años”, me confesó.
Yo la miré, intentando imaginar esa escena de película de terror, y le dije:
—¿Te imaginás si viviera hoy el padre de esa mujer?
Y ella, sin perder un segundo, me responde muerta de risa:
—¡Miles de personas andarían flotando por las calles!
Terminamos riéndonos tanto, que el miedo se volvió solo una excusa para disfrutar de otro de esos momentos únicos con ella, entre historias, risas y cariño.
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