viernes, 15 de mayo de 2026

Hábitos ganadores. Editorial Goya

 El mayor problema de los emprendedores es que muchas veces tienen demasiada libertad y poca estructura.


Al no tener un jefe que les diga qué hacer, cuándo hacerlo o cómo avanzar, pueden caer fácilmente en la procrastinación, la dispersión o la ansiedad de tener muchas opciones.


Por eso, el emprendedor necesita aprender a crear su propio orden: dividir las tareas, organizar su entorno, tener disciplina, rodearse de personas enfocadas y recordar siempre el motivo por el cual empezó.


En resumen: el desafío no es solo tener ideas, sino sostener una rutina que permita convertir esas ideas en resultados.


lunes, 4 de mayo de 2026

Lo que elegimos valorar también crece

 

Ayer 3 de mayo de 2026 compartimos un encuentro muy especial por el cumpleaños de Noly. Fue una de esas reuniones que nos recuerdan que la vida no se construye solamente con momentos perfectos, sino también con experiencias reales, humanas, con emociones, diferencias, aprendizajes y formas distintas de convivir.

Estuvieron presentes hermanos, primos, cuñados, concuñados, cuñada, hijos, sobrinos, amigos y personas queridas que forman parte de nuestra historia. Y eso se valora mucho, porque no siempre es fácil reunirnos, coincidir, hacer una pausa y compartir un momento alrededor de una celebración.

En todo encuentro aparecen muchas maneras de ser. Algunos se expresan con alegría, otros con más reserva; algunos se emocionan, otros se preocupan; algunos se abren, otros observan. Cada persona trae consigo su propia historia, sus cargas, sus experiencias, sus responsabilidades y su manera de reaccionar ante la vida.

Por eso, estos espacios también son una etapa de aprendizaje. Aprendemos a disfrutar, a convivir, a tolerar, a mirar al otro con más empatía y menos juicio. Aprendemos de la opinión de los demás, de sus reacciones, de sus emociones y también de aquello que nos incomoda o nos hace pensar.

Creo que también es importante mirar y valorar lo bueno que aparece en estos encuentros. Porque cuando destacamos lo positivo, de alguna manera lo fortalecemos. Es como un refuerzo positivo: aquello que reconocemos, agradecemos y valoramos empieza a tener más presencia en nuestra forma de relacionarnos.

Por eso quiero quedarme con lo bueno: la alegría de encontrarnos, la apertura de mostrarnos como somos, la resiliencia para seguir compartiendo aun cuando no todo sea perfecto, la preocupación sincera por los demás, el deseo de cuidar, de escuchar, de acompañar y de estar presentes.

Valoro también el compartir con nuestra madre, con nuestros padres, con los hermanos, con los más jóvenes y con quienes se suman a nuestra mesa desde el cariño y la amistad. Valoro poder sentarnos juntos, conversar, reírnos, recordar, mirar cómo cada generación va ocupando su lugar y cómo cada uno, desde su manera de ser, deja algo en los demás.

Naturalmente, siempre habrá momentos que poner aparte. Situaciones que no son tan buenas, actitudes que no comprendemos del todo, palabras o reacciones que pueden generar incomodidad, preocupación o vergüenza. Pero esos momentos no tienen por qué definir todo el encuentro. Más bien pueden servirnos para reflexionar.

Reflexionar sobre cómo reaccionamos, qué sentimos, qué nos molestó, qué nos preocupó y qué podríamos aprender de eso. Porque muchas veces una situación incómoda nos muestra algo del otro, pero también nos muestra algo de nosotros mismos.

Y ahí aparece una oportunidad importante: no quedarnos solamente en el error, sino preguntarnos qué podemos mejorar. Cómo podemos acompañar mejor. Cómo podemos cuidar sin juzgar. Cómo podemos marcar límites con respeto. Cómo podemos aprender a convivir con formas de ser distintas a la nuestra.

Los problemas no van a desaparecer de la vida. De ninguna casa, de ningún grupo humano, de ningún vínculo. Siempre habrá pequeñas cosas que no nos gusten o situaciones que nos desafíen. Pero tal vez el verdadero crecimiento está en aprender a enfrentarlas con más serenidad, con más comprensión y con más sabiduría.

Si sabemos aplicar lo aprendido, cada encuentro se convierte en un peldaño más en esa escalera de la vida. Vamos creciendo, vamos madurando, vamos entendiendo mejor a las personas y también aprendemos a convivir mejor en otras situaciones que la vida nos pueda presentar.

A veces estos momentos sirven para celebrar. Otras veces, también sirven para liberarse, para reencontrarse, para reencauzar algo, para escuchar una mirada distinta o simplemente para recordar que no estamos solos. Cada uno vive en su propio mundo, con sus responsabilidades, preocupaciones y experiencias, pero cuando nos reunimos, esos mundos se cruzan y nos enseñan algo.

Hay algo muy valioso en saber que, entre los nuestros, no estamos para exponernos ni para juzgarnos. Lo que ocurre en un espacio de confianza debe ser tratado con respeto, con cuidado y con humanidad. Porque todos podemos equivocarnos, todos podemos tener un mal momento, y todos necesitamos alguna vez ser mirados con comprensión.

También es importante que los más jóvenes vean eso. Que aprendan que compartir no es solo estar presentes en una fecha especial, sino también observar cómo se cuida al otro, cómo se acompañan las diferencias, cómo se atraviesan las incomodidades y cómo se sigue eligiendo el cariño por encima del juicio.

Ese espíritu de unión se transmite. Si no lo cuidamos, cada nueva generación tendría que empezar de cero. Sería como volver a descubrir el fuego cada vez. Pero no: quienes vinieron antes ya nos dejaron enseñanzas, historias, valores y formas de sostenernos. A nosotros nos toca tomar ese fuego, cuidarlo y usarlo para construir algo mejor.

Por eso, después de lo vivido, me quedo con esta reflexión: no todos los momentos serán perfectos, pero todos pueden enseñarnos algo. Y si sabemos mirar con amor, respeto y empatía, incluso las situaciones difíciles pueden convertirse en una oportunidad para crecer.

Ante todo, valoro que compartimos. Valoro que pasamos bien. Valoro que hubo alegría, presencia, cariño, apertura y ganas de estar juntos. También sé que hubo errores, como siempre puede ocurrir en cualquier encuentro humano. Pero los errores no deben tapar lo bueno; deben ayudarnos a pensar, corregir y seguir creciendo.

Hoy elijo reforzar positivamente la apertura, la alegría, la resiliencia, el cuidado mutuo, la preocupación por los demás, el compartir con nuestros padres y con nuestros seres queridos, y la posibilidad de mostrarnos tal como somos.

Porque lo que se valora, se fortalece.
Y lo que se mira con amor, muchas veces se transforma.

sábado, 25 de abril de 2026

Mi padre Don Celso Cabral

 Ayer, hablando con Luis sobre papá, me quedé pensando en algo.


Es cierto que mi papá quizás no fue el padre clásico o tradicional. No fue un hombre de muchos abrazos, besos o palabras tiernas. Su forma de acompañarnos no era esa. Él nos hablaba más del mundo, de la vida, de la política, del servicio a la gente, de la importancia de estudiar, de aprender idiomas, de tener una profesión y de no depender de nadie.


Como la mayoría de sus hijas éramos mujeres, para él era muy importante que estudiáramos, que pudiéramos sostenernos por nosotras mismas y que no creyéramos que nuestro destino era depender de un hombre. Esa fue una enseñanza enorme.


Tengo muchos recuerdos de él. Recuerdo que en los festejos, una de las mejores cosas que hacía por nosotros era llevarnos a librerías o bibliotecas y comprarnos libros. Recuerdo caminar con él por Asunción, mirar vidrieras, salir en moto, acompañarlo en sus trabajos, vender con él, ir al mercado de Itá. Para mí, muchas de esas experiencias no fueron una carga, sino una aventura.


También recuerdo una vez, cuando era chica, que me faltaban hojas en un cuaderno y tenía que ir al colegio. Para mí, en ese momento, eso era un problema enorme. Lloré muchísimo. Papá no se desesperó ni me dejó con esa angustia. Agarró otro cuaderno, sacó algunas hojas y las pegó en el mío. Así, de una forma sencilla, resolvió mi problema y yo pude ir al colegio con mi cuaderno completo otra vez.


Ese tipo de gestos también hablan de amor. No era un amor de muchas palabras, pero era un amor que resolvía, que buscaba salida, que enseñaba.


También recuerdo una vez que me pidió cambiar un foco. Me dio miedo, y creo que algo me asustó mucho. Yo le dije que no iba a hacer más eso, que no quería volver a intentarlo. Pero papá me dijo que lo hiciera de vuelta, esta vez siguiendo sus indicaciones. Yo me enojé mucho y tenía miedo, pero lo hice. Y no pasó nada. Ahí aprendí.


Con el aprendí muchas cosas así: haciendo, equivocándome, asustándome a veces, pero también volviendo a intentar.


Después vino su etapa de trabajo con los productos alimenticios Alika. En ese emprendimiento, de alguna manera, creo que todos sus hijos participamos. Hoy tal vez algunas personas podrían mirarlo de otra forma, como si fuera trabajo para niños, pero yo no lo viví así. Para mí, en esa etapa, era algo divertido. Salíamos con él, lo acompañábamos, vendíamos, recorríamos lugares. Recuerdo ir al mercado de Itá, comer allí, sentir que hacía mi parte. Para mí era una aventura.


Más adelante, cuando él se fue a trabajar a Brasil, también viví experiencias importantes con él. Fui primero como turista y después fui a vivir con él. Recuerdo que todas las mañanas él cocinaba, preparaba su mate, hacía sus cosas. Cuando yo me iba a trabajar, él ya estaba preparando mate. Esos recuerdos quedaron muy marcados en mí.


En Brasil, papá también me enseñó a moverme en otro país. Me mostró cómo tener mi cartera de trabajo, cómo hacer documentaciones, cómo manejarme. Me impulsó a estudiar, a aprender idiomas, a hablar portugués, a estudiar informática, a conectarme con más personas y a abrir mi mundo. Quizás no me acompañó como otros padres acompañan, pero me dio herramientas para vivir.


Por supuesto, papá no fue perfecto. Tuvimos muchas discusiones. Muchas veces no estuve de acuerdo con él. Me dolía mucho verlo luchar con el alcohol, y algunas experiencias fueron bastante dolorosas. Pero también es cierto que, cuando miro mis fotos y mis recuerdos, papá está ahí. Está sentado en la sala, en el comedor, en una fiesta, en el cumpleaños de mis hijos, en reuniones familiares, en tantos momentos importantes de mi vida.


Para mí, él estuvo presente. Tal vez no de la forma que otros esperan, pero estuvo.


Papá era trabajador, emprendedor, inteligente, político, liberal, y a la vez con una sensibilidad muy grande hacia la gente más desprotegida. Le gustaba servir, hablar, ser escuchado. Le gustaba ser el centro de atención y también le gustaba que reconocieran su inteligencia. Era romántico, soñador, intenso, con luces y sombras, como todos los seres humanos.


Por eso, cuando alguien dice que mi papá no fue un hombre de familia, yo siento que no conoce toda la historia. Tal vez no fue familiero en el sentido tradicional. Tal vez no fue el papá clásico de abrazar, besar y decir palabras dulces. Pero fue mi papá. Fue presencia, enseñanza, aventura, pensamiento, carácter, libertad y mundo.


Me enseñó a estudiar, a trabajar, a no depender de nadie, a pensar, a servir, a mirar más allá de mi casa, a animarme a hacer cosas que me daban miedo y a buscar soluciones cuando algo parecía difícil.


Para mí, padre fue todo lo que yo necesitaba de un padre. Con él viví experiencias lindas y también experiencias dolorosas, algunas muy fuertes. Pero cuando miro mi historia completa, elijo recordar también lo bueno, lo valioso, lo que me construyó.


Quizás no tuve una familia clásica o tradicional. Quizás papá y mamá tampoco fueron los padres clásicos. Pero soy producto de esa historia, de esas enseñanzas y de esa forma distinta de amar.


Y estoy bien.


Porque lo que papá fue para mí, fue suficiente para marcar mi vida.

sábado, 18 de abril de 2026

No es debilidad, es adaptación

 Hay etapas en la vida en las que, aunque una persona tenga capacidad, inteligencia y ganas, todo parece costar más de lo habitual. No porque no pueda, sino porque está atravesando un cambio.


Y los cambios, aunque traigan crecimiento, también traen inseguridad.


Muchas veces, en esos momentos, lo más difícil no es solo aprender algo nuevo. Lo más difícil es aceptar que uno ya no se mueve con la misma seguridad de antes. Que necesita tiempo. Que necesita práctica. Que tal vez necesita ayuda. Y ahí aparece algo muy humano: el miedo a que los demás interpreten esa dificultad como debilidad.


Pero adaptarse no es ser débil.


Empezar una nueva etapa casi siempre exige volver a ubicarse, entender otras reglas, otra exigencia, otro ritmo, otra forma de pensar y de responder. A veces incluso uno siente que retrocedió, cuando en realidad solo está en el proceso natural de reconstruir seguridad en un terreno nuevo.


Eso puede pasar en el estudio, en el trabajo, en una mudanza, en un cambio de país, en una nueva responsabilidad o en cualquier situación que nos saque de lo conocido. Y en todos esos casos ocurre algo parecido: por fuera tal vez los demás ven a alguien capaz, pero por dentro esa persona puede estar luchando con dudas, presión, vergüenza o temor a no estar a la altura.


Sin embargo, una dificultad no define la inteligencia de nadie. Una etapa desafiante no anula el potencial de una persona. Un tropiezo no borra sus talentos.


A veces, lo único que está pasando es que la persona todavía no encontró su método, su ritmo o su forma de afirmarse en ese nuevo escenario. Y eso lleva tiempo.


También hay que decirlo: pedir ayuda no disminuye a nadie. Reconocer que algo cuesta tampoco. Al contrario, hay mucha valentía en seguir adelante mientras uno se adapta, en aceptar que no todo sale bien de inmediato y en sostener un sueño aun cuando el proceso se vuelva más exigente de lo esperado.


Por eso, cuando alguien atraviesa una transición, necesita menos juicio y más comprensión. Necesita recordar que su valor no depende de una etapa difícil, ni de un resultado inmediato, ni de la imagen de fortaleza que intenta sostener frente a los demás.


Porque no todo lo que cuesta significa incapacidad.
A veces, simplemente significa cambio.
Y todo cambio importante, antes de florecer, exige adaptación.


Actitudes que construyen empresa


Reflexión para mi blog


Ayer viví una situación sencilla, pero muy valiosa para la construcción de una empresa. Ante la ausencia de Marta por motivos de salud, no hubo quejas ni desorden; hubo actitud, disposición y solución. Erika, con muy buena voluntad, se ofreció a dar respuesta a la necesidad del momento, y eso merece ser reconocido.


En una empresa, muchas veces se valora el resultado, pero detrás del resultado hay algo todavía más importante: la actitud. La capacidad de una persona de ver una necesidad y decidir colaborar, sin esperar que todo se complique, habla de compromiso, madurez y sentido de pertenencia.


Este tipo de acciones fortalecen al equipo. Nos enseñan que una empresa crece no solo por vender más o por organizar mejor sus procesos, sino también por cultivar personas con iniciativa, empatía y voluntad de ayudar. Cuando alguien asume una situación con responsabilidad y espíritu de solución, está aportando mucho más que trabajo: está aportando cultura.


Como liderazgo, estas son las actitudes que más valoro: la predisposición, la colaboración, el compromiso con el grupo y la capacidad de responder con serenidad ante una necesidad. Son estas pequeñas grandes acciones las que construyen confianza y hacen que una empresa pueda sostenerse y crecer.


También me deja una enseñanza importante: cuando se reconoce lo bueno, se fortalece lo bueno. Felicitar, agradecer y visibilizar estas actitudes no es un detalle menor; es una forma de marcar el camino de lo que queremos como equipo.


Crecer como empresa también significa aprender a identificar y cuidar estos valores. Porque al final, una empresa sólida no se construye solo con tareas cumplidas, sino con personas dispuestas a aportar soluciones, a cuidar el trabajo y a acompañarse mutuamente.


Anotaciones


Situación observada:
Ante la ausencia de una persona del equipo por motivos de salud, otra colaboradora se ofreció espontáneamente a dar una solución.


Qué valoré más:
Valoré la actitud de iniciativa, la voluntad de colaborar y la capacidad de responder sin generar conflicto ni excusas.


Qué enseña esta situación:
Una empresa crece cuando las personas no se limitan únicamente a su función, sino que también desarrollan sentido de equipo y compromiso con la necesidad del momento.


Qué debe reforzar un líder:
El reconocimiento oportuno. Cuando un líder destaca estas conductas, ayuda a consolidar una cultura de responsabilidad, cooperación y solución.


Qué tipo de cultura queremos construir:
Una cultura donde las personas busquen resolver, acompañar y aportar, en lugar de quedarse solo en la observación del problema.


Aprendizaje para la empresa:
La actitud correcta puede sostener una operación incluso en momentos imprevistos. La disposición a ayudar es una fortaleza organizacional.


Criterio de manejo empresarial:
Las actitudes de compromiso, colaboración e iniciativa deben ser reconocidas públicamente, porque representan el tipo de comportamiento que fortalece al equipo y da ejemplo a los demás.


Frase base para tu futuro manual:
“No solo se valora el trabajo realizado; se valora especialmente la actitud de quien, ante una necesidad, decide colaborar y aportar una solución.”


jueves, 16 de abril de 2026

Dar dirección a un sueño también es amar

 Dar dirección a un sueño también es amar


Ver a un hijo soñar en grande conmueve profundamente. Más aún cuando ese sueño lo llama a horizontes lejanos, a crecer, a descubrirse y a construir su propio camino. Como padres, amamos esos anhelos, pero también sentimos el peso silencioso de querer que cada paso esté sostenido por algo firme.


Acompañar un sueño no es frenarlo. Tampoco es dejarlo librado solo a la emoción del momento. Acompañar de verdad es ayudar a darle forma, sentido y dirección. Es tomar esa ilusión tan hermosa y preguntarse, con amor y serenidad, cómo convertirla en una posibilidad real.


A veces nuestros hijos pueden sentir que una pregunta, una pausa o una preocupación significan falta de apoyo. Pero muchas veces ocurre lo contrario: preguntamos, pensamos y cuidamos porque amamos profundamente. Porque no queremos apagar sus alas, sino ayudarles a volar con rumbo, con preparación y con base.


Soñar es un regalo. Pero cuando el sueño se ordena, se fortalece. Y cuando se fortalece, comienza a parecerse cada vez más a un destino posible.


La responsabilidad individual dentro del equipo

 Quiero dejar como aprendizaje lo ocurrido hoy.

En una empresa tiene que haber dirección, seguimiento y respeto a la conducción. Yo puedo confiar, preguntar y acompañar, pero también necesito recibir información real sobre el estado de las tareas. Cuando se me dice “todo bien”, “ya está” o “se está haciendo”, espero que eso sea cierto, porque sobre esa base yo también organizo, decido y respondo.

Hoy se presentó una situación que me preocupó, porque al revisar personalmente vi que una tarea importante no estaba hecha ni entregada, a pesar de que ya había sido consultada varias veces. Más allá del error, lo que no puede pasar es que no se diga la verdad sobre el avance real del trabajo.

Quiero que entendamos algo: en toda empresa hay una dirección, como en una orquesta hay un director. Puede haber excelentes personas en cada función, como excelentes violinistas, bateristas o guitarristas, pero si no se respeta la guía, el ritmo y la coordinación, no se puede lograr una buena ejecución ni cumplir los objetivos.

Cada uno es valioso en su área, pero para que el trabajo salga bien se necesita:
responsabilidad, sinceridad, respeto a la organización y capacidad de aceptar correcciones.

Equivocarse puede pasar. Lo importante es avisar a tiempo, asumir y corregir. Lo que nos hace crecer no es ocultar, sino enfrentar las dificultades con madurez.

Quiero que esto quede como una guía para todos: acá necesitamos compromiso, orden y verdad. Solo así vamos a poder trabajar mejor y avanzar como equipo.

viernes, 23 de enero de 2026

Sueño

 Soñé que estaba en un lugar como de fábricas, con oficinas muy alejadas unas de otras, todo quedaba lejos. En un sitio muy distante estaba Zuny y era su cumpleaños, así que fui a saludarla, era como yendo al Ycua de la antigua casa de abuela Elena . El lugar se parecía ese, pero tampoco era . pero alrededor había un estero, con ese paisaje tan particular de Mallorquín , zonas de pastos en esteros. 


Mientras estaba ahí, alguien me saludó: era el tío Juan. Me dijo que me iba a mostrar un lugar. Empezamos a caminar y a conversar. Pasamos por esteros y un arroyito. En el camino me dio una flor blanca, de esas que crecen por ahí. Yo le iba sacando los pétalos y los tiraba mientras caminábamos.


En un momento, me di cuenta —como un recuerdo súbito— de que él ya no estaba vivo. Lo miré bien y estaba más joven. Entonces se transformó en Juancito, su hijo. Me pareció muy extraño que fuera Juancito quien me estuviera guiando y mostrando ese lugar. Y ahí entendí que no era una confusión: era como si ambos fueran lo mismo, una misma presencia, una misma energía, un mismo mensaje.