sábado, 25 de abril de 2026

Mi padre Don Celso Cabral

 Ayer, hablando con Luis sobre papá, me quedé pensando en algo.


Es cierto que mi papá quizás no fue el padre clásico o tradicional. No fue un hombre de muchos abrazos, besos o palabras tiernas. Su forma de acompañarnos no era esa. Él nos hablaba más del mundo, de la vida, de la política, del servicio a la gente, de la importancia de estudiar, de aprender idiomas, de tener una profesión y de no depender de nadie.


Como la mayoría de sus hijas éramos mujeres, para él era muy importante que estudiáramos, que pudiéramos sostenernos por nosotras mismas y que no creyéramos que nuestro destino era depender de un hombre. Esa fue una enseñanza enorme.


Tengo muchos recuerdos de él. Recuerdo que en los festejos, una de las mejores cosas que hacía por nosotros era llevarnos a librerías o bibliotecas y comprarnos libros. Recuerdo caminar con él por Asunción, mirar vidrieras, salir en moto, acompañarlo en sus trabajos, vender con él, ir al mercado de Itá. Para mí, muchas de esas experiencias no fueron una carga, sino una aventura.


También recuerdo una vez, cuando era chica, que me faltaban hojas en un cuaderno y tenía que ir al colegio. Para mí, en ese momento, eso era un problema enorme. Lloré muchísimo. Papá no se desesperó ni me dejó con esa angustia. Agarró otro cuaderno, sacó algunas hojas y las pegó en el mío. Así, de una forma sencilla, resolvió mi problema y yo pude ir al colegio con mi cuaderno completo otra vez.


Ese tipo de gestos también hablan de amor. No era un amor de muchas palabras, pero era un amor que resolvía, que buscaba salida, que enseñaba.


También recuerdo una vez que me pidió cambiar un foco. Me dio miedo, y creo que algo me asustó mucho. Yo le dije que no iba a hacer más eso, que no quería volver a intentarlo. Pero papá me dijo que lo hiciera de vuelta, esta vez siguiendo sus indicaciones. Yo me enojé mucho y tenía miedo, pero lo hice. Y no pasó nada. Ahí aprendí.


Con el aprendí muchas cosas así: haciendo, equivocándome, asustándome a veces, pero también volviendo a intentar.


Después vino su etapa de trabajo con los productos alimenticios Alika. En ese emprendimiento, de alguna manera, creo que todos sus hijos participamos. Hoy tal vez algunas personas podrían mirarlo de otra forma, como si fuera trabajo para niños, pero yo no lo viví así. Para mí, en esa etapa, era algo divertido. Salíamos con él, lo acompañábamos, vendíamos, recorríamos lugares. Recuerdo ir al mercado de Itá, comer allí, sentir que hacía mi parte. Para mí era una aventura.


Más adelante, cuando él se fue a trabajar a Brasil, también viví experiencias importantes con él. Fui primero como turista y después fui a vivir con él. Recuerdo que todas las mañanas él cocinaba, preparaba su mate, hacía sus cosas. Cuando yo me iba a trabajar, él ya estaba preparando mate. Esos recuerdos quedaron muy marcados en mí.


En Brasil, papá también me enseñó a moverme en otro país. Me mostró cómo tener mi cartera de trabajo, cómo hacer documentaciones, cómo manejarme. Me impulsó a estudiar, a aprender idiomas, a hablar portugués, a estudiar informática, a conectarme con más personas y a abrir mi mundo. Quizás no me acompañó como otros padres acompañan, pero me dio herramientas para vivir.


Por supuesto, papá no fue perfecto. Tuvimos muchas discusiones. Muchas veces no estuve de acuerdo con él. Me dolía mucho verlo luchar con el alcohol, y algunas experiencias fueron bastante dolorosas. Pero también es cierto que, cuando miro mis fotos y mis recuerdos, papá está ahí. Está sentado en la sala, en el comedor, en una fiesta, en el cumpleaños de mis hijos, en reuniones familiares, en tantos momentos importantes de mi vida.


Para mí, él estuvo presente. Tal vez no de la forma que otros esperan, pero estuvo.


Papá era trabajador, emprendedor, inteligente, político, liberal, y a la vez con una sensibilidad muy grande hacia la gente más desprotegida. Le gustaba servir, hablar, ser escuchado. Le gustaba ser el centro de atención y también le gustaba que reconocieran su inteligencia. Era romántico, soñador, intenso, con luces y sombras, como todos los seres humanos.


Por eso, cuando alguien dice que mi papá no fue un hombre de familia, yo siento que no conoce toda la historia. Tal vez no fue familiero en el sentido tradicional. Tal vez no fue el papá clásico de abrazar, besar y decir palabras dulces. Pero fue mi papá. Fue presencia, enseñanza, aventura, pensamiento, carácter, libertad y mundo.


Me enseñó a estudiar, a trabajar, a no depender de nadie, a pensar, a servir, a mirar más allá de mi casa, a animarme a hacer cosas que me daban miedo y a buscar soluciones cuando algo parecía difícil.


Para mí, padre fue todo lo que yo necesitaba de un padre. Con él viví experiencias lindas y también experiencias dolorosas, algunas muy fuertes. Pero cuando miro mi historia completa, elijo recordar también lo bueno, lo valioso, lo que me construyó.


Quizás no tuve una familia clásica o tradicional. Quizás papá y mamá tampoco fueron los padres clásicos. Pero soy producto de esa historia, de esas enseñanzas y de esa forma distinta de amar.


Y estoy bien.


Porque lo que papá fue para mí, fue suficiente para marcar mi vida.

sábado, 18 de abril de 2026

No es debilidad, es adaptación

 Hay etapas en la vida en las que, aunque una persona tenga capacidad, inteligencia y ganas, todo parece costar más de lo habitual. No porque no pueda, sino porque está atravesando un cambio.


Y los cambios, aunque traigan crecimiento, también traen inseguridad.


Muchas veces, en esos momentos, lo más difícil no es solo aprender algo nuevo. Lo más difícil es aceptar que uno ya no se mueve con la misma seguridad de antes. Que necesita tiempo. Que necesita práctica. Que tal vez necesita ayuda. Y ahí aparece algo muy humano: el miedo a que los demás interpreten esa dificultad como debilidad.


Pero adaptarse no es ser débil.


Empezar una nueva etapa casi siempre exige volver a ubicarse, entender otras reglas, otra exigencia, otro ritmo, otra forma de pensar y de responder. A veces incluso uno siente que retrocedió, cuando en realidad solo está en el proceso natural de reconstruir seguridad en un terreno nuevo.


Eso puede pasar en el estudio, en el trabajo, en una mudanza, en un cambio de país, en una nueva responsabilidad o en cualquier situación que nos saque de lo conocido. Y en todos esos casos ocurre algo parecido: por fuera tal vez los demás ven a alguien capaz, pero por dentro esa persona puede estar luchando con dudas, presión, vergüenza o temor a no estar a la altura.


Sin embargo, una dificultad no define la inteligencia de nadie. Una etapa desafiante no anula el potencial de una persona. Un tropiezo no borra sus talentos.


A veces, lo único que está pasando es que la persona todavía no encontró su método, su ritmo o su forma de afirmarse en ese nuevo escenario. Y eso lleva tiempo.


También hay que decirlo: pedir ayuda no disminuye a nadie. Reconocer que algo cuesta tampoco. Al contrario, hay mucha valentía en seguir adelante mientras uno se adapta, en aceptar que no todo sale bien de inmediato y en sostener un sueño aun cuando el proceso se vuelva más exigente de lo esperado.


Por eso, cuando alguien atraviesa una transición, necesita menos juicio y más comprensión. Necesita recordar que su valor no depende de una etapa difícil, ni de un resultado inmediato, ni de la imagen de fortaleza que intenta sostener frente a los demás.


Porque no todo lo que cuesta significa incapacidad.
A veces, simplemente significa cambio.
Y todo cambio importante, antes de florecer, exige adaptación.


Actitudes que construyen empresa


Reflexión para mi blog


Ayer viví una situación sencilla, pero muy valiosa para la construcción de una empresa. Ante la ausencia de Marta por motivos de salud, no hubo quejas ni desorden; hubo actitud, disposición y solución. Erika, con muy buena voluntad, se ofreció a dar respuesta a la necesidad del momento, y eso merece ser reconocido.


En una empresa, muchas veces se valora el resultado, pero detrás del resultado hay algo todavía más importante: la actitud. La capacidad de una persona de ver una necesidad y decidir colaborar, sin esperar que todo se complique, habla de compromiso, madurez y sentido de pertenencia.


Este tipo de acciones fortalecen al equipo. Nos enseñan que una empresa crece no solo por vender más o por organizar mejor sus procesos, sino también por cultivar personas con iniciativa, empatía y voluntad de ayudar. Cuando alguien asume una situación con responsabilidad y espíritu de solución, está aportando mucho más que trabajo: está aportando cultura.


Como liderazgo, estas son las actitudes que más valoro: la predisposición, la colaboración, el compromiso con el grupo y la capacidad de responder con serenidad ante una necesidad. Son estas pequeñas grandes acciones las que construyen confianza y hacen que una empresa pueda sostenerse y crecer.


También me deja una enseñanza importante: cuando se reconoce lo bueno, se fortalece lo bueno. Felicitar, agradecer y visibilizar estas actitudes no es un detalle menor; es una forma de marcar el camino de lo que queremos como equipo.


Crecer como empresa también significa aprender a identificar y cuidar estos valores. Porque al final, una empresa sólida no se construye solo con tareas cumplidas, sino con personas dispuestas a aportar soluciones, a cuidar el trabajo y a acompañarse mutuamente.


Anotaciones


Situación observada:
Ante la ausencia de una persona del equipo por motivos de salud, otra colaboradora se ofreció espontáneamente a dar una solución.


Qué valoré más:
Valoré la actitud de iniciativa, la voluntad de colaborar y la capacidad de responder sin generar conflicto ni excusas.


Qué enseña esta situación:
Una empresa crece cuando las personas no se limitan únicamente a su función, sino que también desarrollan sentido de equipo y compromiso con la necesidad del momento.


Qué debe reforzar un líder:
El reconocimiento oportuno. Cuando un líder destaca estas conductas, ayuda a consolidar una cultura de responsabilidad, cooperación y solución.


Qué tipo de cultura queremos construir:
Una cultura donde las personas busquen resolver, acompañar y aportar, en lugar de quedarse solo en la observación del problema.


Aprendizaje para la empresa:
La actitud correcta puede sostener una operación incluso en momentos imprevistos. La disposición a ayudar es una fortaleza organizacional.


Criterio de manejo empresarial:
Las actitudes de compromiso, colaboración e iniciativa deben ser reconocidas públicamente, porque representan el tipo de comportamiento que fortalece al equipo y da ejemplo a los demás.


Frase base para tu futuro manual:
“No solo se valora el trabajo realizado; se valora especialmente la actitud de quien, ante una necesidad, decide colaborar y aportar una solución.”


jueves, 16 de abril de 2026

Dar dirección a un sueño también es amar

 Dar dirección a un sueño también es amar


Ver a un hijo soñar en grande conmueve profundamente. Más aún cuando ese sueño lo llama a horizontes lejanos, a crecer, a descubrirse y a construir su propio camino. Como padres, amamos esos anhelos, pero también sentimos el peso silencioso de querer que cada paso esté sostenido por algo firme.


Acompañar un sueño no es frenarlo. Tampoco es dejarlo librado solo a la emoción del momento. Acompañar de verdad es ayudar a darle forma, sentido y dirección. Es tomar esa ilusión tan hermosa y preguntarse, con amor y serenidad, cómo convertirla en una posibilidad real.


A veces nuestros hijos pueden sentir que una pregunta, una pausa o una preocupación significan falta de apoyo. Pero muchas veces ocurre lo contrario: preguntamos, pensamos y cuidamos porque amamos profundamente. Porque no queremos apagar sus alas, sino ayudarles a volar con rumbo, con preparación y con base.


Soñar es un regalo. Pero cuando el sueño se ordena, se fortalece. Y cuando se fortalece, comienza a parecerse cada vez más a un destino posible.


La responsabilidad individual dentro del equipo

 Quiero dejar como aprendizaje lo ocurrido hoy.

En una empresa tiene que haber dirección, seguimiento y respeto a la conducción. Yo puedo confiar, preguntar y acompañar, pero también necesito recibir información real sobre el estado de las tareas. Cuando se me dice “todo bien”, “ya está” o “se está haciendo”, espero que eso sea cierto, porque sobre esa base yo también organizo, decido y respondo.

Hoy se presentó una situación que me preocupó, porque al revisar personalmente vi que una tarea importante no estaba hecha ni entregada, a pesar de que ya había sido consultada varias veces. Más allá del error, lo que no puede pasar es que no se diga la verdad sobre el avance real del trabajo.

Quiero que entendamos algo: en toda empresa hay una dirección, como en una orquesta hay un director. Puede haber excelentes personas en cada función, como excelentes violinistas, bateristas o guitarristas, pero si no se respeta la guía, el ritmo y la coordinación, no se puede lograr una buena ejecución ni cumplir los objetivos.

Cada uno es valioso en su área, pero para que el trabajo salga bien se necesita:
responsabilidad, sinceridad, respeto a la organización y capacidad de aceptar correcciones.

Equivocarse puede pasar. Lo importante es avisar a tiempo, asumir y corregir. Lo que nos hace crecer no es ocultar, sino enfrentar las dificultades con madurez.

Quiero que esto quede como una guía para todos: acá necesitamos compromiso, orden y verdad. Solo así vamos a poder trabajar mejor y avanzar como equipo.